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San Luis Potosí, Corazón de Carmen Ortiz, Mexico
ciudadano del mundo, filósofo, poeta y revolucionario

martes, 29 de noviembre de 2011

LENGUAJE Y CONCRECIÓN

En la ciencia no hay caminos reales,
y sólo podrán ascender a sus cúmbres luminosas
quienes no teman cansarse al escalar por senderos escarpados.

Carlos Marx

La ignorancia es el mar de la noche negra
a la que la sociedad arroja a sus condenados.

Víctor Hugo



La verdad os hará libres.

Jesús de Nazaret


Al comunicarnos verbalmente en la vida cotidiana, muy raras veces nos detenemos a pensar en el sentido y significado de las palabras que utilizamos. A menos que se trate de individuos que hablan en otro dioma, damos por hecho que las personas con las que platicamos entienden el sentido y significado de nuestros vocablos y de los enunciados que formamos con ellos.

En realidad, sólo en contadas ocasiones nos vemos en dificultades para hacernos entender o para entender lo que dicen nuestros interlocutores; y esto, no sólo por el hecho de que en nuestras relaciones habituales la cantidad de palabras y expresiones verbales que necesitamos para establecer una comunicación efectiva y eficiente sea muy limitada, sino porque el sentido y significado de lo que decimos o escuchamos es establecido por el contexto de la situación específica en la que se desarollan nuestras conversaciones, además de apoyarse en un conjunto de señales extraidiomáticas como el tono, la intención y el enfásis de la voz, así como los gestos del rostro y los ademanes corporales. Es más, ni siquiera necesitamos detenernos en medio de una plática para valorar si las frases están modeladas de acuerdo con las normas gramáticales del idioma.

En el lenguaje coloquial, esto es, en el habla cotidiana, la intuición lingüística(1) (muy desarrollada en el caso de personas “cultas” o escasamente desarrollada en el caso de personas poco o nada “instruidas”), asume la primacía en los procesos de la comprensión.

Ahora bien, cuando ubicamos el contexto de nuestra comunicación en el ámbito del lenguaje escrito, la intuición lingüística pasa a un segundo plano, subordinándose de manera lógica y natural a la actividad reflexiva. En virtud de no existir una interlocución objetiva, el proceso de la comunicación se desarrolla como un soliloquio de la razón en el escenario de la mente, creando sobre la marcha las líneas argumentales al son de las cuestiones que le preocupan y de las que van surgiendo en la dinámica de su progresión.

En el instante mismo de comenzar a razonar en lo que se quiere comunicar, las palabras adquieren vida propia y se rebelan a ser usadas de manera indiscriminada y arbitraria. Y en la medida en que la razón se detiene a meditar en ellas, van revelando cuánto de sentido y significado se oculta en su interior, obligándo, de ser necesario para abarcar su sentido y significado, a recurrir al auxilio siempre oportuno del “tumbaburros”.

Sin embargo, aquí apenas principian las dificultades, porque las palabras no sólo se niegan a ser usadas sin tomar en cuenta su sentido y significado, sino, de manera fundamental, a relacionarse caprichosamente las unas con las otras.

Para que una expresión, un enunciado, un párrafo o un escrito de mayor extensión, pueda ser inteligible; es decir, portador de sentido y significado para quien ha de leerlo, los vocablos no sólo tienen que estar correctamente ordenados de acuerdo con las normas gramáticales del idioma(2); sino que, además, de la suma del sentido y significado de cada una de las palabras que lo integran, emerja un sentido y significado individual. En el discurso racional, esto es, en el género literiario crítico-científico, también debe ser portador de un sentido y significado unívoco e inequívoco; de lo contrario, se corre el riesgo de fracasar en la realización de una comunicación efectiva y eficiente.

Más aún: dado que se escribe para exteriorizar reflexiones o pensamientos, sentimientos o emociones, creencias o deseos e intenciones, o simplemente para describir o dar a conocer un acto, hecho, situación o acontecimiento, se hace, más que para uno mismo, para otra u otras personas. La dificultad radica, en este caso, tanto en ubicar adecuadamente al sujeto, indiviudal o colectivo, que será el destinatario final de lo escrito, como en describir adecuadamente el aspecto de la realidad, objetiva o subjetiva, que ha de representarse.

Inmediata y directamente relacionado con esta problemática se presenta la cuestión del propósito y la intencionalidad. Aquí la forma y el contenido imponen las más riguosas restricciones al proceso de la escritura, en la medida en que éstos no sólo deben establecer una mutua correspondencia interna, sino corresponder tanto al propósito y la intencionalidad, como a la naturaleza propia del aspecto de la realidad que desea representarse y al nivel de concreción simbólica(3) de la objetividad psíquica(4) del destinatario(5).

Un problema más está relacionado con el hecho de que el proceso del pensamiento no es unidireccional. En la medida en que cada aspecto de la realidad tiene un conjunto muy variado de atributos determinados por las interconexiones con otros aspectos que aparecen de manera natural, desplegando en la objetividad psíquica la extraordinaria complejidad, integralidad y unidad de la realidad como totalidad concreta(6) , se requiere de un esfuerzo consciente de abstracción que permita ir describiendo sistemáticamente cada uno de esos atributos, pasando de lo subjetivo a lo objetivo, de la apariencia a la esencia, de lo simple a lo complejo, de lo particular a lo general, de la diferencia a la igualdad, del análisis a la sintésis y de lo abstracto a lo concreto.

La última problemática está relacionada con el hecho de que el idioma es una realización socio-histórica, influido, consiguientemente, por las vicisitudes propias del desarrollo y desenvolvimiento histórico de la sociedad. Un aspecto central de estas vicisitudes es el conjunto de las contradicciones sociales, en particular, la de las antinomias de clase. Consciente o inconscientemente, el lugar que las personas disponen en el contexto de estas antinomias determina no sólo el conjunto de sus ocupaciones y preocupaciones, sino lo que dicen o escriben, para qué lo dicen o escriben y cómo lo dicen o escriben.

Desde luego que la profundidad, complejidad y veracidad de estos decir y escribir no se da de manera automática y espontánea, porque la realidad misma y, por tanto, su representación simbólica en lenguaje alfafonético(7) como objetividad psíquica, no aparece de manera inmediata y directa como totalidad concreta con todos sus atributos, sino de manera segementaria, parcial y abstracta. Para que la objetividad psíquica alcance el nivel de profundidad, complejidad y unidad de la totalidad concreta, requiere generarse en sí y para sí simbólicamente en lenguaje alfafonético como totalidad concreta; es decir, realizar una relación de identidad equivalente y equipolente entre la totalidad concreta y la objetividad psíquica; ser, en última instancia, la representación simbólica operativa en lenguaje alfafonético de la realidad objetiva.

Dichas así las cosas, podría parecer entonces que es imposible el conocimiento y dominio de la realidad objetiva, pues nadie nunca puede estar en posesión de la información que es necesaria para realizar en la objetividad psíquica este nivel absoluto y universal de concreción. Afortunadamente, el carácter de unicidad de la totalidad concreta, esto es, el que la realidad objetiva sea sólo una, independientemente de sus distinciones y de los atributos de cada una de sus distinciones, incorpora lo universal en lo particular, lo concreto en lo abstracto, la esencia en la apariencia, lo complejo en lo simple, la igualdad en la diferencia y lo objetivo en lo subjetivo, en tan sólo dos elementos: su materialidad, es decir, su naturaleza física, por un lado; y, por el otro lado, las modalidades de su desarrollo, o sea, las normas generales que regulan su automovimiento y el desenvolvimiento de sus distinciones(8) .

Así, lo que parece imposible: la realización de la totalidad concreta como objetividad psíquica, se resuelve en la medida en que tanto la realidad universal, como cualquier fenómeno o proceso de sus múltiples y variadas distinciones, quedan comprendidos en su naturaleza material y en la legalidad sistémica de su automovimiento y desarrollo.

Aquí hemos llegado a un punto en el que es necesario hacer un alto para evidenciar una cuestión que ha quedado implícita de manera connotativa en esta exposición, y que nos plantea una serie de problemáticas concomitantes: el de la identidad de conciencia y lenguaje. Sin éste, sería materialmente imposible la existencia de aquélla. Más aún: la conformación de la realidad objetiva como objetividad psíquica sólo puede desarrollarse con toda la profundidad y complejidad de la totalidad concreta, en forma y contenido, en tanto y en cuanto representación simbólica operativa en lenguaje alfafonético.

Esta creación de la inteligencia es el aspecto distintivo fundamental que ubica a la especie humana en la cúspide evolutiva del desarrollo de la totalidad concreta, pues sólo sobre esta base la totalidad concreta puede realizarse como objetividad psíquica; es decir, como conciencia en sí y para sí de la realidad objetiva.

Pero el lenguaje alfafonético no sólo es, en tanto objetividad psíquica, finalidad epistemólogica de la razón(9), conciencia en sí y para sí de la totalidad concreta; pues resulta ser también, y he aquí su carácter más complejo y dinámico, en cuanto medio instrumental de la aprehensión y dominio de la realidad objetiva, sistema operativo de la inteligencia(10).

El proceso instrumental, la creación de medios para operar en la realidad, con la realidad y sobre la realidad, tiene en la especie humana su expresión más desarrollada. La postura erecta, la liberación de la mano, el uso del fuego y la alimentación omnívora, jugaron un rol de trascendentales consecuencias en la fisiología del sistema nervioso y, correlativamente, en sus funciones superiores, dando origen a un desarrollo exponencial de la sensibilidad, la intuición, la imaginación, la memoria, la inteligencia y el raciocinio.

La creación de imágenes, y su objetivación pictográfica, expresan ya la necesidad y la posibilidad de fijar para la memoria ciertas características de cosas, fenómenos y procesos de la realidad cotidiana e inmediata del hombre primitivo, adquiriendo un valor significativo y comunicativo como lenguaje simbólico, que, con el paso del tiempo, la especialización de la laringe y el refinamiento de la psicomotricidad fina, darían lugar a la conformación del lenguaje fonético, jeroglífico e ideográfico, para resolverse, finalmente, en el lenguaje alfafonético.

Sin esta creación de la inteligencia, la especia humana no habría pasado de ser un homínido gregario consciente(11), sujeto reactivo de las vicisitudes de la naturaleza, ni haber puesto en marcha, en tanto sujeto proactivo de las vicisitudes de la naturaleza, los procesos de su propia evolución y desarrollo como ser histórico-social.

La gran incógnita que plantea el por qué se dio este extraodinario salto cuántico de naturaleza a historia de la especie humana, es causa y origen de las mistificaciones fetichistas que desdoblan la realidad objetiva en las fantasmagorías dualistas del idealismo y la metafísica, las cuales han sido, y siguen siendo, uno de los soportes ideológicos fundamentales de la alienación(12) y, por consiguiente, de la dominación(13).

Aquí, la imaginación creativa, empírica y subjetiva por definición, cumple un función de complementariedad en el proceso de realización de la objetividad psíquica, llenando los vacíos de información y formación de la representación simbólica de la totalidad concreta. El hecho de la persistencia y supervivencia de las mistificaciones fetichistas de las fantasmagorías dualistas del idealismo y la metafísica hasta la actualidad, a pesar del extraordinario desarrollo en profundidad, complejidad y veracidad de la representación simbólica en lenguaje alfafonético de la totalidad concreta, evidencia la presencia distorsionante, predominante, conservadora y reaccionaria, de las vicisitudes histórico-sociales en las que aún se encuentra inmersa la especie humana.

En tanto y en cuanto no se resuelvan y superen estas vicisitudes por la práctica histórica de la humanidad, la finalidad epistemológica de la objetividad psíquica en cuanto totalidad concreta, no puede ser realizada en toda su profundidad, complejidad y operatividad, sino para una pequeña aristocracia de ilustrados privilegiados, mientras la inmensa mayoría de la humanidad permanece inmersa en la inopia, la oscuridad y la impotencia.
________________
 Notas.

[1] El aprendizaje inicial del idioma, la realización psíquica tanto del sentido y significado de sus vocablos, como de las normas gramáticales que lo rigen, se efectúa de manera natural e inconsciente a través de la exposición a los usos y costumbres del habla cotidiana. Al darse un determinado nivel de acumulación de vocabulario y formas lingüísticas de expresión, comienza a funcionar como un sistema autónomo, que se reproduce y recrea en sí mismo para sí mismo como objetividad psíquica. Funciona entonces como sistema operativo de la inteligencia, capacitando al individuo no sólo para comunicarse, sino, fundamentalmente, para potencializar su capacidad de aprehender, comprender y describir la realidad objetiva, dotándola de sentido y significado por medio del lenguaje fonético. Este proceso, que opera de manera natural e inconsciente, es la intuición lingüística.

[2] Desde luego que las normas del lenguaje alfafonético, el sentido y significado de las palabras y la riqueza del vocabulario, no son rígidos, ni están dados de una vez y para siempre. Los descubrimientos y adquisiciones gramáticales del idioma, la dotación del sentido y significado de las palabras y la creación de vocablos, tienen un carácter tanto socio-histórico como cultural. En el discurso poético, por ejemplo, las licencias gramáticales pueden adquirir una informalidad estilística que linda en la ruptura, y llegar a niveles de síntesis, abstracción y sincretismo simbólico de una profundidad abismal y prodigiosa.
 
[3] Esta categoria se refiere a la conformación ideal de una representación que reproduzca una cosa, hecho, fenómeno o proceso tal como es en realidad, con todas sus propiedades, características y atributos, asumiendo la condición de verdad. Este caso remite a la magnitud y grado de profundidad de conocimiento verdadero que domina el sujeto.



[4] El hombre es un ser objetivo inmerso en un universo objetivo; comparte, por tanto, sus propiedades, características y atributos, y está sometido, igualmente, a las modalidades que condicionan su existencia, automovimiento y desarrollo. Pero es también una distinción específica, un fenómeno particular, singular e individual, del universo objetivo. Su singularidad consiste en la facultad para darse cuenta de su propia existencia objetiva, de la existencia objetiva del universo del que forma parte y de darse cuenta de que se da cuenta. Pero este darse cuenta no se realiza directamente, en virtud de que esta facultad está depositada en el sistema nervioso, una estructura fisiológica encerrada en los intersticios de su corporeidad orgánica, que se conecta a y emplea un sistema sensorial para percibir un conjunto de estímulos de naturaleza diversa, que la psique, el cerebro, integra, interpreta y transforma en una representación que reproduce las caracteristicas, atributos y propiedades de lo que es percibido sensorialmente, y se retiene en la memoria como un elemento objetivo sobre el cual y con el cual operan, en conjunto, en grupos o por separado, las distintas facultades del cerebro. Esta percepción sensorial es la subjetividad del ser humano, y la representación producida por el cerebro, así como los procesos que se desarrollan en ella y con ella, es la objetividad psíquica.



[5]Esta puede llegar a convertirse en una cuestión de gran dificultad en el ámbito del discurso racional, cuando el propósito implica hacer accesible la comprensión de conceptos y categorías complejas, o de una alto grado de concreción simbólica, al entendimiento de personas que, o no están familiarizados con la materia de que se trata, o no poseen una instrucción que los faculte para desarollar con suficiencia un manejo operativo del lenguaje.



[6]Empleada en sentido limitado, esta categoría se refiere a la singularidad, particularidad e indivualidad de una cosa, fenómeno o proceso del universo, cuya representación simbólica en lenguaje alfafonetico en la objetividad psíquica, reproduce cuanta propiedad, característica y atributos posee la cosa, fenómeno o proceso de que se trate. En sentido amplio se refiere, nada más y nada menos, al universo.



[7]En la actualidad, salvo excepciones dialéctales muy específicas, la concreción idiomática del lenguaje simbólico de los grupos raciales y nacionales, se realiza sobre la base del lenguaje alfafonético.



[8]La realización como objetividad psíquica de estos dos elementos se manifiesta en el materialismo dialéctico, y su especificidad en el campo de la existencia y desarrollo de la sociedad humana, como dialéctica materialista de la historia.



[9Teleológicamente hablando, el raciocinio no tiene más propósito que la autorealización de la concreción. Si por definición, esta facultad es privativa del ser humano, se impone a éste como finalidad ontológica de su existencia. Es, por tanto, del todo correcto y verdadero, que el ser humano se denomine así mismo homo sapiens sapiens.



[10]Si bien es cierto que esta función no es privativa del lenguaje alfafonético, siendo, por el contrario, una característica general del lenguaje simbólico, del cual, por cierto, se origina y desarrolla como una distinción específica, cierto es también que es el más universal y sintético, amén de su empleo general por el conjunto de los seres humanos y en virtud de que sobre su base pueden ser traducidos no sólo el conjunto de los idiomas y dialectos del mundo, incluidos los ideográficos, pictográficos y jeroglíficos; sino, también, las clases de lenguajes simbólicos sensibles y abstractos, como el estético y el matemático, y hasta el más subjetivo de todos: el onírico.



[11]El sustantivo consciencia, a diferencia del concepto categorial conciencia (que se refiere a la finalidad epistemológica de la razón), se remite a la condición de vigilia atenta y perceptiva del sujeto. Hoy, prácticamente ha desaparecido esta distinción, empleándose indiscriminadamente el concepto como sustantivo, lo cual, desde luego, implica una imprecisión metodológica en el discurso racional.



[12]El problema de la alienación, como aspecto central de la cultura de la mercancía, y el correlativo de la enajenación, como elemento fundamental de la civilización del capital, son, justamente, la temática y preocupación motriz materia de la subsecuente exposición.



[13]Política, sociológica y antropológicamente hablando, no puede abordarse la realización de una epistemología de la liberación, sino a condición de emprender a cabalidad y profundidad la crítica de la civilización del capital y de la cultura de mercado que le es inherente.

lunes, 22 de febrero de 2010

POESÍA Y CRÍTICA LITERARIA

La ignorancia crea a los resignados,
basta decir que el arte debe crear a los rebeldes.

Proudhon

Con relación a las bellas artes, como ocurre en el caso de las humanidades, ya el hecho mismo de plantear hoy una cuestión desde el punto de visita de su utilidad, es como para ponerle la carne de gallina a cualquier pavo. Y es que el concepto de utilidad ha adquirido una carga significativa que es ya imposible sustraer del discurso metaideológico del fundamentalismo neoliberal: Todo valor de uso se encuentra ya no en función de sus cualidades para satisfacer ciertas necesidades humanas, sean estas reales o imaginarias, sino en proporción directa a la posibilidad de ser convertido en puro y simple valor de cambio mercantil. Lo que no es útil a la plusvalía, no sirve. Por extensión, lo que no aporta algo, lo que no enriquece o beneficia, carece de utilidad y, por tanto, resulta superfluo e innecesario.

Contra esta visión reduccionista y empobrecedora del espíritu humano, que, reitero para que se destaque con absoluta nitidez, es consustancial hoy a la metaideología sistémica del capitalismo neoliberal, es necesario reivindicar el ocio creativo (poiético), como baluarte de la rebeldía activa y vital (prometeica), que está en la esencia misma de la naturaleza humana.

Pero para que el fuego creador siga ardiendo en el corazón –hogar– de los mortales, y el sacrificio heroico de Prometeo, con su carga eterna de dolor y soledad, siga siendo el símil por excelencia del acto poiético, no basta sólo la rebeldía contra el orden establecido por los dioses del olimpo imperial. Es del todo necesario, antes que nada, la comunión universal con la semilla que florece en la palabra.

Quienes hemos optado por hacer de la palabra nuestra herramienta de trabajo y nuestro medio fundamental de interacción en la comunidad y con la comunidad humana, no podemos ser partícipes del equívoco y la ambigüedad de los abusos y costumbres de la jerga coloquial. Esto quizá pueda ser tolerable en el contexto de la charla de café, donde no queda más constancia del espontáneo regurgitar del diálogo explosivo de la emoción apasionada, que la efímera huella, apenas aprehensible, que se imprime en el ánimo íntimo de la percepción subjetiva de los participantes.

De aquí la necesidad de abordar, por fuerza, lo que no puede ser obviado desde ningún punto de vista: El discurso racional tiene el requisito imperativo de ceñirse al sentido unívoco de los conceptos y categorías que es aplicable con propiedad a la naturaleza de su objeto. Y cuando un término ofrece una gama de acepciones diversas que pueden prestarse a la ambigüedad o al equívoco, ha menester establecerse con precisión y claridad el sentido al que remite y al que ha de remitirse rigurosamente la aprehensión de la unidad significativa del discurso racional. De otro modo la comprensión y, por tanto, la comunicación efectiva, resultan imposibles. Y es necesario, además, que ese sentido corresponda a la convención universalmente aceptada de su significado o, mejor, a la raíz semántica de su etimología.

Puestas así las cosas, al efecto de abordar con mayor profundidad la cuestión del análisis y la crítica del género literario convencionalmente denominado poesía, bien vale la pena examinar si las afirmaciones con respecto a la imposibilidad de una definición de valor unívoco y universal del término poesía contienen elementos de verdad.

Cabe acotar, para ponerlo en términos de la perogrullada que implican tales asertos, que lo indefinible es, por definición, lo indefinido; por tanto, lo innominado, lo que no tiene existencia en el universo conceptual con el que el discurso racional aprehende la realidad, independientemente de si ésta ostenta un carácter objetivo o subjetivo.

¿A qué viene entonces dar vueltas en círculos en torno al significado de un término que yace tendido en la nada como el cadáver de un cuerpo inexistente?

Si la poesía como fenómeno de la realidad objetiva fuese indefinible, sería igualmente inexistente, porque sólo lo que no existe no puede ser nombrado. Por el contrario: Todo lo que existe puede, y de hecho es, nombrado. Importa poco si esta existencia tiene un carácter real objetivo o si tan sólo pertenece al plano de la objetividad psíquica.

En conclusión: Al existir una definición para el fenómeno denominado poesía, de suyo se comprende que el fenómeno definido es real, existe y, por tanto, está al alcance de la aprehensión del discurso racional. Resulta, entonces, falso de toda falsedad, que la poesía sea indefinible.

Es aquí donde se nos presenta una de las dificultades que conlleva el manejo operativo del término poesía en el discurso racional: El de su doble acepción al uso. Una íntimamente ligada a al proceso subliminal objetivo/subjetivo de la emoción, el sentimiento y el goce estéticos derivada de la raíz semántica de su etimología. Y la otra, directamente vinculada a un género literario determinado por la convención universal.

...

Vayamos por partes. En tanto género literario, existe una convención universalmente aceptada que permite al discurso racional aprehender en forma y contenido, con absoluta certeza, los objetos lingüísticos de la poesía. De ahí que, para serlo, toda poética debe ceñirse a los elementos y características de forma y contenido que la convención universal ha comprendido y aceptado como pertenecientes al discurso poético. Y quién no se ciña a éstos de alguna manera, podrá escribir mil y un objetos lingüísticos, pero no podrá ser llamado poeta.

Ahora bien, con respecto a la naturaleza propia del ser humano, nadie nace poeta como se nace, por ejemplo, hombre o mujer. Y así como puede ser aprehendida directamente la esencia poética de la poesía por cualquier persona, independientemente de su grado de instrucción, refinamiento o formación profesional, la poesía puede ser también un objeto de aprendizaje que se encuentra al alcance de cualquiera. Es necesario y saludable que se vayan desvaneciendo semejantes mitos: Ni el poeta es un ser especial ni la poesía se encuentra fuera del alcance de cualquiera que desee aprehenderla y aprenderla.

La poesía es la más plebeya y modesta de las artes literarias, precisamente por la facilidad de su aprendizaje y producción. Y es, por la misma razón, la de mayor difusión y consumo social. Pero así como hay una poesía vulgar y melodramática para consumo de las masas nada o poco instruidas, nada o poco refinadas, hay una poesía para un conjunto de personas instruidas y refinadas, y, finalmente, una poesía sólo al alcance de la exégesis de los estetas. Y esta cuestión no tiene nada que ver con una naturaleza “inefable” de la poesía, menos con una facultad “natural” especial de los poetas. Es una cuestión de carácter estructural y sistémico de la política cultural, y siempre lo ha sido: Las distinciones sociales, y éstas lo son, tienen un carácter sociológico. Basta sólo con profundizar un poco en la historia y la filosofía del arte para comprenderlo.

Negar, por otro lado, la posibilidad de establecer un juicio objetivo sobre la riqueza literaria y el valor intrínseco de los objetos lingüísticos, es evidenciar, en general, las propias insuficiencias en la comprensión y el conocimiento de la historia y la filosofía del arte y, en particular, de la estética literaria. Puede, gracias a estos conocimientos, comprenderse objetivamente si un objeto lingüístico está bien o mal escrito, si es profundo o superficial, sensiblemente refinado o simplemente melodramático, feo o bello, e, incluso, si aporta algo novedoso y original a los elementos de la forma y el estilo.

De aquí que, para poder alcanzar este grado de perceptibilidad, no basta sólo con leerse a los “grandes”, hay también que acompañar su lectura con una sólida formación de cultura general.

...

Finalmente, en cuanto al proceso creativo que subyace en la raíz semántica de su etimología, la poesía no es privativa del género literario que la convención universal define con este término. No es privativa, vamos, ni siquiera de las bellas artes. Y está íntimamente ligada al desenvolvimiento del ser universal.

Cómo objeto de goce estético en particular, se remite al proceso de creación de la belleza, al hecho/acto mismo en que sea realiza. El cual, cierto: Es único e irrepetible, y detenta un carácter absolutamente subjetivo y evanescente. Pero no por ello indefinible. De lo contrario sería imposible toda estética. Y no creo que alguien, con tres dedos de frente, y menos si se dedica al cultivo de las artes literarias, se atrevería a formular, y sostener con seriedad, tan descabellado despropósito.

jueves, 11 de febrero de 2010

POESÍA Y LÍRICA

O
PARA ACABAR DE UNA VEZ CON EL CRITERIO DE LA TRADICIÓN

I


La lírica literaria en métrica y rima es una experiencia poética absolutamente subordinada a la musicalidad de la lengua. Y al decir experiencia me refiero a aquello que se manifiesta en forma directa e inmediata como el modo de ser y estar en el sujeto un fenómeno o proceso objetivo, y que se ubica como materia de investigación de sus múltiples posibilidades de expresión.

En este sentido, la lírica no pasa de ser sólo una rama de la música (del canto en particular), y no tanto por la combinación armónica de sonidos y silencios resultantes de la fonética y las pausas gramaticales y versales; como, fundamentalmente, por estar subordinada a las constantes rítmicas y melódicas de las variaciones tonales derivadas de la acentuación silábica del fraseo versal.

Ahora bien, el que sea una experiencia poética, y no la experiencia poética, implica evidentemente que existe más de un modo de ser y estar la experiencia poética en el sujeto. La música, en cuanto tal, no en cuanto lírica, es también una experiencia poética.

Esto es en parte lo que ha dado origen y lugar al gran equívoco de considerar a la lírica, en cuanto fenómeno lingüístico y literario, como la experiencia poética por definición. Pero no hay nada más lejano de la verdad.

Si bien es cierto que la poesía, en cuanto fenómeno lingüístico y literario, debe su origen a la lírica en cuanto música y, particularmente, al canto; cierto es también que muy temprano comenzó su proceso de distinción con respecto a estos, para constituirse, en cuanto fenómeno lingüístico, en objeto literario; y, en cuanto objeto literario, al ir adquiriendo cada vez más autonomía con respecto a la lírica, en una criptografía ideográfica en lenguaje fonético.

Es este hecho fundamental el que ha venido a otorgarle a la poesía un carácter verdaderamente universal, al emparejarlo con la experiencia poética de las lenguas ideográficas del extremo oriente.

Hay, desde luego, quienes se sienten más a gusto en las aguas tranquilas de una tradición consagrada, sustentando su experiencia poética en la lírica y su carga lingüística de obviedades denotativas, pero eso no significa que hoy, la poesía, en su esencia más pura, no esté tan distante de la música y el canto, como la cosmología lo está de la cosmogonía.

El que se hayan conservado hasta ahora los elementos estructurales característicos de una forma lingüística y literaria (versos en lugar de enunciados como unidades sintácticas, y estrofas en vez de párrafos), lo único que permite es distinguir el poema en prosa de lo que puede ser propiamente denominado poema en verso.

Es únicamente la abstracción o desconocimiento de esta realidad, la causa de la enorme confusión que impide aplicar un criterio objetivo en la distinción de lo que en literatura es poesía, de lo que no lo es.


II

La tradición lírica no es un dogma, sino un modo de ser de la experiencia poética que corresponde a un proceso histórico social determinado de desarrollo y evolución del lenguaje fonético en el contexto de las lenguas romances, cuyo origen más remoto podemos encontrarlo en la adopción por los griegos del idioma fenicio. Recordemos que la poesía en occidente, en cuanto experiencia estética lírica, tiene su origen en las cosmogonías poético-filosóficas de la Grecia antigua, de donde pasa a la península itálica y se fusiona con la tradición judeo-cristiana para constituir parte de la cultura que el imperio romano se encarga de extender por toda Europa.

Y aquí no valen relativismos de ninguna especie. La exploración sistemática de las pautas rítmicas y melódicas, y de las disonancias, asonancias y consonancias lingüísticas en los idiomas romances, primordialmente de lo que han llegado a ser el español, el italiano, el francés y el inglés modernos, dio lugar a la conformación del canon de sus formas expresivas sintéticas más desarrolladas, pero también al desarrollo de la rima asonante y del verso blanco, para terminar resolviéndose, finalmente, en el verso libre.

Vale, en este sentido, acotar aquí tanto para los cultivadores de las formas sintéticas más desarrolladas como para los obsesivos partidarios del verso libre, que ambos extremos se mueven y desarrollan en el contexto de la lírica literaria. Toda la animosidad que se desarrolla entre sus diferentes partidarios, no pasa de ser parte del proceso de su desenvolvimiento. Es, en términos hegelianos, su dialéctica.

La cuestión aquí planteada, tiene más que ver con el desarrollo de la poética en un sentido más amplio y más profundo de la experiencia estética. La poesía literaria, en la actualidad, no está inmersa ya en las contradicciones de la lírica, sino en el desarrollo de la hermenéutica. Y, en este sentido, sus complejidades no están inmersas en el contexto de las reglas lógico formales de la lingüística sino, nos guste o no, de la semiología.

De ahí que lo poético en la actualidad detente una naturaleza ontológica que abarca todos los campos de la cultura. En el ámbito de la literatura, y en particular, de la forma lingüística denominada poema, la forma más alta de su desarrollo es el símbolo y no el canto.

Todo mundo es libre de elegir en qué campo sustenta su experiencia poética, pero si decide hacerlo en el de la lírica y, en particular, de sus formas sintéticas consagradas métrico-rimadas, tiene la responsabilidad ética de hacerlo con propiedad.


III


Voy a realizar una afirmación categórica que seguramente será causa de escozor y molestia en más de uno. La cultura humana está llegando al límite de su desarrollo, y la confirmación más contundente de ello radica en el hecho de que en el concepto de poesía confluyan sintéticamente todas sus expresiones y manifestaciones, cerrando el ciclo que en occidente comenzara con la poesis de los poetas-filósofos griegos y terminara con la hermenéutica de los filósofos-poetas de la actualidad.


IV


Creo que he sido muy indulgente con la lírica literaria métrico-rimada al concederle la categoría de ser sólo una rama de la música. Con absoluto derecho podrían reclamarme tal barbaridad los verdaderos creadores de este arte.

La lírica literaria en métrica y rima es más una técnica que un arte. Requiere, por tanto, conocimiento y habilidad, cosas que están al alcance de cualquiera que se ponga a estudiar y a practicar. Lo que no garantiza, ciertamente, resultados dignos de ser tomados en serio. A ésta corresponde, entonces, la categoría de técnica artesanal, y a sus productos, la de artesanías.

El arte de la poesía en la lírica literaria en metro y rima, por el contrario, requiere de talento. Y el talento, por definición, no es algo que pueda adquirirse por mucho que se estudie y practique una técnica artesanal. Ésta puede ayudar a desarrollarlo, darle cauces justos para su expresión y expansión, pero nunca sustituirlo.

Hay una novela-metáfora extraordinaria de Patrick Süskind que trata precisamente de esta sublime distinción titulada El perfume. La meta-tesis central de dicha metáfora literaria es que el talento es un don natural y no una adquisición cultural. Más aún, corresponde a la finalidad ontológica de la existencia, sin la cual el ser mismo carece de distinción y de propósito, al grado de verse compelido a realizar los sacrificios que sea menester para alcanzarla.

Para nosotros, esta tesis no es novedosa ni original. Es en torno a la cual se desarrolla en las artes la revolución del romanticismo. Lo que maravilla y sorprende es el vigor y vigencia que mantiene en el inconciente colectivo, evidenciados en su extraordinario éxito de mercado.

Yo, desde luego, no comparto por completo dicha tesis. Como materialista dialéctico estoy convencido de que el talento es un don natural derivado directamente de la sensibilidad del ser humano. Esto es, una propiedad intrínseca de la naturaleza humana. Y que, por tanto, el desenvolvimiento de su forma cultural como sensibilidad estética puede desarrollarse y llevarse, incluso, a las cúspides de la excelencia, a condición, claro está, de exponer dicha sensibilidad natural a la aprehensión sistemática de las disciplinas estéticas y de la cultura en general.

La aplicación de esta sensibilidad natural desarrollada, es decir, cultivada y refinada, a la expresión de las disciplinas estéticas, es lo que constituye el talento artístico. Nada más, pero también, nada menos.

Un artista, por tanto, no nace, se hace.

Pero el arte, como cualquier otro fenómeno del proceso cultural, es dinámico, se desarrolla, cambia. Y el arte de la creación estética en literatura no ha quedado al margen de este desenvolvimiento. El desarrollo del objeto lingüístico-literario denominado propiamente poema es una evidencia clara de ello. Que, como en todo proceso cultural, existan resistencias radicales al abandono de lo consagrado por el arraigo de la costumbre y la tradición, a la par de las tendencias radicales a su abandono y superación, produce sus síntesis dialécticas: toda una serie de híbridos lingüísticos que describen los momentos en que las revueltas contra el arraigo de la costumbre y la tradición se institucionalizan y convierten, paradójicamente, en formas nuevas de la costumbre y la tradición.

En la actualidad, el poema, como la sociedad en su conjunto, está siendo sometido al proceso revolucionario más radical y definitivo de la historia. No poder, o no querer verlo, en nada modifican los elementos sustantivos de la realidad objetiva.

En este sentido, el poema en la actualidad se encuentra atrapado en la contradicción fundamental de la poética lingüística y literaria entre ser un objeto de la lírica o un objeto de la hermenéutica. Y la balanza se inclina poderosamente hacia el lado de la segunda.

Pretender seguir valorando los objetos lingüísticos y literarios con las anteojeras de la poética lírica, tanto de la métrico-rimada (que yo no entiendo en verdad la razón de encadenarla al influjo mágico de la palabra clásica para adjetivarla), como de la verso-libresca, me parece una actitud comprensible como parte del proceso de resistencia al desarrollo y evolución de la cultura, pero nada más.

jueves, 7 de enero de 2010

LO QUE ESCRIBO NO ES POESÍA

Sé que muchos dirán que lo que escribo no es poesía, que quizá se trata en realidad de una proclama política o cuando mucho del panfleto incendiario de un iluso, y yo seré el primero en darles la razón, porque la poesía no sirve más que para la delectación morbosa de la autosatisfacción egoísta de la vanidad, para anestesiar la naturaleza verdadera de las emociones y los sentimientos más profundamente arraigados del humanismo consecuente, para callar incluso el grito de reclamo frente a las perversiones abusivas de unas cuantas decenas de fatuos multimillonarios o las maquinaciones aberrantes de sus lacayos en las esferas del poder público.

¿Qué es del dolor incesante que estruja las miserias en las barrigas llenas de hambre y de lombrices de millones de infantes en el mundo? ¿Hay acaso un poeta verdadero que pueda hablar de tales cosas mientras en la nevera de su casa le esperan los manjares exquisitos de su concupiscencia con el becerro de oro de la fascinación? ¿No prefieren buscar en la excentricidad rebuscada de expresiones sin sentido la causa justificada de todos sus anhelos?

Y pomposamente le llaman poesía total, totalidad significativa de la poética de vanguardia, significado absoluto de los significantes poéticos, metasemántica poética, semiosis de la totalidad significativa del signo poético y vaya usted a saber cuántas barbaridades lingüísticas y semánticas se les pueda ocurrir a los críticos para denominar la tan aberrante como patética ausencia de sentido de humanidad que campea victoriosa en los terrenos minados de la poesía.

Yo por eso no escribo poesía. Eso se lo dejo a la divina especie de la retórica, a los perfumaditos amanerados que comen los mendrugos de su ignominia al amparo de las instituciones culturales del estado capitalista, a los arribistas explotadores del arte y la palabra que escalan los sitiales de premios y certámenes desperdigados por el mundo como zanahorias para los burros que mueven el molino de las políticas culturales de gobernantes bárbaros e incultos.

Basta sólo con mirar los estantes de las librerías, buscar y rebuscar en los contenidos de folletines y plaquetas de las áreas de difusión cultural de las universidades del estado y de la iniciativa privada, donde la cosa se pone peor aún, o en los sitios que pululan como hongos por la red microelectrónica de internet, para tener que salir corriendo asqueado de tanta mierda miserable a vomitar en el primer excusado al alcance de la mano.

Yo por eso no escribo poesía. Dejé de hacerlo para que mi conciencia me dejara comer tranquilamente los mendrugos de miseria de mi mesa, para que mi interior saturado de rabia contra el podrido orden del agonizante capitalismo me permitiera exclamar el grito de reclamo, la consigna furiosa y militante, para cambiar la frágil e inútil alma del bolígrafo por la bandera roja de la revolución social, para tomar en mis manos, unidas a las manos de otros muchos como yo, la tarea de construir un mañana sin miseria, sin capitalistas arrogantes, sin políticos corruptos y mezquinos y sin poetas de café empeñados en levantar la babel de sus absurdos, para que entonces, sí, tenga sentido la poesía.

jueves, 9 de julio de 2009

METAFÍSICA




A ti hermano, donde quiera que escuches mis palabras, donde quiera que puedas encontrarte.

A ti, hermano en el silencio que salta desde el origen del misterio, que no callas con mentiras o verdades a medias el profundo silencio que te habla desde el fondo del abismo del cosmos, de esta dimensión del espacio que se dilata infinita en el centro mismo de la nada.

¿Acaso puedes creer neciamente que el universo no tiene sentido? ¿Un objeto preciso que define su existencia?

El universo es eterno. Tal como se conserva la energía cayendo en sí misma para saltar luego en un estallido de tremendas consecuencias, así se crean y se destruyen mundos.

La energía está aquí, aquí permanece; siempre la misma, siempre presente; ni siquiera los cambios pueden afectarla.


El fénix eleva majestuoso las alas
y se hunde en las aguas del abismo.
Nadie le ha visto más;
sin embargo,
sigue su vuelo libre por todos sus caminos,
por su espacio infinito.


Hoy dejan de existir los mundos que están ante mis ojos. Sí, hoy dejan de existir millones de mundos, mundos que ni siquiera alcanzamos a vislumbrar con nuestros potentes radiotelescopios cósmicos. ¿Y qué? ¿Algo se ha perdido? Nada, sólo eso.

Pero, ¿tiene trascendencia cósmica la esencia individualizada de la totalidad de que participamos?

¿Acaso uno puede salir de sí mismo?

¿Acaso no he sido ya? ¿Acaso no estoy siendo? ¿Acaso no seré?

¿No puedes creer en esto?

Vayamos pues al momento en que la realidad se hizo racional y comenzó a perfeccionarse sobre la base de su propia experiencia acumulada en la praxis concreta que le ha otorgado el conocimiento milenario del que participan los pequeños pioneros del saber que habitan en el átomo, esas partículas subatómicas organizadas para actuar especializadamente en sentidos diversos y a través de un tiempo que se ha perdido en sí mismo, un tiempo que ni siquiera podemos aspirar a soñar, porque entonces no existía la tierra, ni el sol, ni la galaxia, ni la metagalaxia, ni las miles de metagalaxias que hoy comparten nuestro espacio inmediato. Sin embargo, ¿no estamos aquí ahora, asombrándonos de la perfecta armonía de la naturaleza, de su maravillosa y portentosa realidad omnipresente?


El hombre que ha abierto los ojos
es,
en verdad,
un ciego que lleva la luz en las pupilas,
como un candelabro que disipa las tinieblas del cosmos.


Es cierto, nos abruma de tal manera la apariencia de la existencia que es, desde luego, parte de su realidad; nos embota de tal manera que nuestros sentidos atrofiados sólo atinan a balbucear una semiconciencia que adivina nuestra trascendencia más por el instinto ciego de la verdad que por su evidencia.

Preguntemos a ellos, a los más pequeñitos. Ellos tienen la respuesta que nos empeñamos en negar. Ellos nos hablan y nos dicen con la seriedad que atribuimos a las cosas vanas y estúpidas con que nos alienamos, que conocen personalmente a la eternidad, que nos han enseñado todo lo que sabemos, que no pudieron nunca aprender a mentir, y por eso nos dan su testimonio milenario y jovial de que la Verdad ha dicho la verdad sin quitarle una sola de sus letras.

En lo personal he dialogado con ellos y me han dado su testimonio de la verdad, de la omnisciente verdad de la eternidad que les anima.

¿Pero acaso esperas, hermano, que respondan en tu pobre lenguaje?

Sigue así esperando eternamente. ¡Nunca obtendrás una sola palabra de sus labios!